CHAU, ALORSA
"Ya Tata Dios no es argentino", dice Alorsa (Jorge Pandelucos, 1970-2009) en "La cría del Plata", el tango suyo que a nosotros más nos gustaba. Y el 30 de agosto pasado tuvimos la demostración cabal de que el Gordo tenía razón. Porque si con él se nos fue un amigo entrañable y generoso al que seguimos llorando, su partida -insospechada y cruel- es más dolorosa aún por lo mucho que la canción popular argentina se priva con su pérdida. Porque, pese a su modestia y a su nada ostentoso modo de conducirse, el Gordo Alorsa era un talento de esos que la canción popular no prodiga con demasiada frecuencia. Y como suele suceder -en este tinelizado mundo en que vivimos- su enorme capacidad era inversamente proporcional al escueto tamaño de su fama. Tenía 38 años -cumplía 39 el próximo noviembre- pero los públicos más vastos todavía no lo conocían, un poco en razón de que su ingreso al mundo del tango era reciente, pero en mayor medida porque la poesía de Jorge era sabiduría popular en estado puro, ésa que para los gerentes de contenidos de nuestros medios representa lo que el ajo para Drácula o para Superman la piedra kriptonita.
Trayendo consigo toda su experiencia vital de muchacho de barrio, de vagabundo vocacional puesto a "tachero", de hombre para quien nada de lo humano -sacro o profano- resultaba ajeno, el Gordo Alorsa ("cantautor y enólogo", como gustaba definirse) se había convertido en poco tiempo en artista de culto, en un poeta casi secreto seguido con unción por un grupo de admiradores en constante crecimiento. Porque si aún no era un artista masivo no nos caben dudas de que le sobraban condiciones para llegar a serlo. Seguros de ello, lo instamos muchas veces a que se aventurase por los arduos meandros del medio tanguero de Buenos Aires, convencidos como estábamos de que su arte (y muy especialmente su poesía) sabría entrar con paso de triunfador en la gran ciudad que el tango hiciera suya. Porque Jorge Pandelucos era el poeta que el tango esperaba desde hace, por lo menos, un cuarto de siglo. Sus tangos, sus milongas, candombes y valsecitos poseen la frescura y la profundidad que los grandes maestros del género supieron instilarle a nuestra canción, con el añadido, claro, del soplo nuevo, contemporáneo que el Gordo y su "Guardia Hereje" sabían brindarle. Por eso, pese a su mutis inesperado e incomprensible, nos inclinamos a profetizar que la huella de Alorsa va a perdurar en el género que otrora honraron los Manzi, los Discépolo, los Cátulo, los Celedonio... Quien supo escribir: "No sé si soy feliz o la tele me ha engatusao"; quien supo decir: "Jesús se las tomó y dejó una cruz de identikit"; quien supo cantar: "no es posible un mundo mejor con árbitros bomberos", no puede irse así nomás. Y el Gordo no se fue.
Juan Carlos Jara